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insoportable

Quise escribirte sobre cierta humedad que avanza por la habitación esta tarde, consumiéndose en palabras viejas que quedan por-decir, en suspiros errantes, en miradas suspendidas en el espacio inestable de nuestro instante más interno. Cierto silencio que simplemente no calla, la armonía inexistente de mis días estáticos de ausencias. ¿Y qué esperás? ¿Que el universo entero conspire a tu favor? ¿Que el anciano sabio te deje una notita bajo la puerta? ¿Que la bruja de los mediodías te revele tu mañana constante?
Mientras tanto nos dibujás en una fotografía dorada que escondés para que nadie (más) arruine, mientras tanto nos veo venir, no sé bien de qué lado de la calle, no sé bien en qué instante fue que nos dejamos entre realidades imposibles y vestigios del invierno. Tu poesía racional no es más que el pulso de la lluvia en verano, que la risa que nos prestamos por un rato justo antes de leer la advertencia diagramada sobre aquel amanecer.
Amanece, hoy, como casi siempre. ¿Y qué esperás?
Veo que no hay nada. Nada. No veo nada. Porque la humedad es niebla, y la habitación demasiado pequeña, quizás, y tu canción ocupa los espacios vacíos, me quiebra, sangra, me deja sin silencios. Los sueños se filtran entre las grietas de aquella pared, se escriben solos, caen velozmente despintando algún verde oxidado.
Y mis manos te buscan, porque mis ojos ya no entienden de amor, soledad, sueños, encierros, palabras. Porque mis ojos te ven ahí, esperando.
No despiertes hasta la última estación.

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