Te leía, como mareas suaves de algún desierto, recorría tus letras desde las postales blancas de aquella sonrisa, la pureza más sensata, el eco frío que desangra cada desvarío y posible distracción en esta vigilia. Cada dosis de estupidez que se respira inventando misericordias a los infinitos universos, descontándose uno-a-uno, náusea intensa por excesos del vacío y decrépito recuerdo. Perfil afilado de las metafísicas verdaderas, hoy, que el camino espeso y poco sublime marca sus últimos cortes.