Y están los idiotas. Salen a la calle buscando miradas que atiendan sus pasos, sus silencios. Salen a recibir los sentidos que nunca sabrán nombrar, o incluso los perfiles que labrarán en vano, arruinando cada instrumento y cada forma. Succionan y se alimentan de ideas y oscuridades: cuando te cruces con un idiota, tus sombras ya no serán tus sombras, tus sueños serán teletransportados a sus espacios ambiguos, de corrupción y de recelo, tu amor no será tu amor, sino una pobre figura mañatada, un sensible y liviano vestigio de algo que alguna vez creíste ver.
Lo suyo es pasar y ser admirados por cargar las sombras robadas, y luego irse sin dejarte siquiera lo que alguna vez moldeaste, más la culpa por no haber sabido adorar su vacío tam-bién plagiado.
Lo suyo es pasar y ser admirados por cargar las sombras robadas, y luego irse sin dejarte siquiera lo que alguna vez moldeaste, más la culpa por no haber sabido adorar su vacío tam-bién plagiado.
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