Había momentos en los que iba a la estación. Días grises,
ese octubre tuvo muchas tardes así.
Versos que derramaban calma sobre la tierra fría, desde un rayo de luz desvirtuando cualquier signo de aquel murmullo.
Entonces tenía que capturar cada instante, y supo que la realidad era en otros términos,
bajo otro umbral. Que beber del olvido quizás
no era para todos, quizás
no era correcto, quizás
no importaba tanto.
Las madrugadas fueron eternas e infinitas, la palabra como señal de conexión entre las formas. Y los círculos...
Navegar entre círculos hasta sentir en la garganta la presión del horizonte que juega a desvanecer y a existir, a ser sol, a ser noche. Líneas, siempre líneas, imperfectas, brillantes, inconclusas.
En aquel tiempo existía una tendencia a reencarnar en cada piel y en cada verso, a dejar y transformar flores y nubes y silencios. En aquel tiempo las luces brillaban con el sol, las sombras eran extensión del ser, entrañable y pretencioso, como el filo de la melodía que quiebra los espejos.
Y los límites,
las líneas horizontales
en aquel tiempo
entre la piel y la melodía y los espejos.
ese octubre tuvo muchas tardes así.
Versos que derramaban calma sobre la tierra fría, desde un rayo de luz desvirtuando cualquier signo de aquel murmullo.
Entonces tenía que capturar cada instante, y supo que la realidad era en otros términos,
bajo otro umbral. Que beber del olvido quizás
no era para todos, quizás
no era correcto, quizás
no importaba tanto.
Las madrugadas fueron eternas e infinitas, la palabra como señal de conexión entre las formas. Y los círculos...
Navegar entre círculos hasta sentir en la garganta la presión del horizonte que juega a desvanecer y a existir, a ser sol, a ser noche. Líneas, siempre líneas, imperfectas, brillantes, inconclusas.
En aquel tiempo existía una tendencia a reencarnar en cada piel y en cada verso, a dejar y transformar flores y nubes y silencios. En aquel tiempo las luces brillaban con el sol, las sombras eran extensión del ser, entrañable y pretencioso, como el filo de la melodía que quiebra los espejos.
Y los límites,
las líneas horizontales
en aquel tiempo
entre la piel y la melodía y los espejos.
A cada paso que damos, estamos atravesando un horizonte, y pateando otro. Como con cada linea escrita, cada palabra proferida (hueca o llena ee valor), cada pulso del obturador. Parpadeos. ¿No es loco? Siempre volvemos a lo mismo: ser alquimistas del trazo perfecto
ResponderEliminarNunca imaginé quedarme sin tinta para dibujarte galerías decoradas de resplandor.
ResponderEliminarNunca imaginé que no se pudiera cambiar. Gracias por la ilusión.